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| La violencia en el futbol de Costa Rica Por: Arturo Enrique Cortés Lo
sucedido en San Carlos no debe extrañar a nadie El abominable espectáculo de
violencia ofrecido por seudo aficionados seguidores de los equipos
San Carlos y Herediano, el domingo 26 de septiembre en casa de los
primeros, cuando sendas barras –ya no las llamemos bravas, sino hay
que darles un calificativo más apropiado: salvajes- se enfrascaron
en una absurda pelea al más puro estilo callejero, puede ser
calificado con los adjetivos más variados. Que le parece bochornoso,
asqueroso, incontrolable, salvaje, repugnante, indigno, abominable,
retrógrada, reprobable, intolerante, desagradable, aberrante,
demencial, nauseabundo, y agréguele usted cualquier otro
calificativo de desaprobación que en su momento de ira se le ocurra;
muy seguramente tenga razón. Sin embargo, aunque es duro
reconocerlo, ese tipo de violencia sin límites y que tanto daño le
causa al futbol ni es la primera vez que sucede, ni va a dejar de
suceder. Así que vayámonos acostumbrando a nuestra realidad: desde
hace mucho tiempo el deporte favorito de los costarricenses, el
futbol, está infectado de ese virus contagioso al extremo, que se ve
en todas partes del mundo y cuyos síntomas son fáciles de reconocer:
una violencia irracional que traspasa todos los límites de la
cordura y la tolerancia. Pero la violencia en el
futbol no es nueva, ni tampoco por supuesto es exclusiva de Costa
Rica. Bastantes hechos sangrientos han sucedido por todas partes del
mundo a través de los años, para ni siquiera intentar discutir este
punto. Para poner un par de ejemplos nada más, se puede hablar desde
las fenomenales broncas entre equipos sudamericanos y europeos
cuando se disputaba la Copa Intercontinental en la década de los
setentas, hasta la Tragedia de Heysel, un 29 de mayo de 1985, cuando
en el estadio de Heysel, en Bruselas, Bélgica, murieron 39
aficionados, en los que estaban 34 italianos, dos franceses, dos
belgas y un británico, además de que hubieron más de 600 heridos de
consideración. Todo eso se dio como resultado de un enfrentamiento
propiciado por los Hooligans ingleses seguidores del Liverpool
durante la celebración del partido por la final de la Copa de Europa
entre el Liverpool de Inglaterra, y el Juventus de Italia. Y así
como estos, tenemos muchos más casos que pueden ilustrar
perfectamente el cerco de terror que una turba enardecida pueda
causar en un momento dado dentro de un recinto al que supuestamente
asiste el público en masa para “disfrutar” de un partido de futbol. La UEFA toma medidas contra la violencia
Es
posible erradicar la violencia en el futbol de Costa Rica? A raíz de lo sucedido en San
Carlos, existe gran consternación en el país por esa manifestación
de violencia extrema llevada a cabo por parte de los que se pueden
considerar unos cuantos energúmenos radicales. Centenares de padres
de familia han expresado su malestar por lo sucedido. La
consecuencia lógica de todo esto es una gran animadversión entre
los aficionados, y es de esperarse que las desagradables escenas de
esa vulgar gresca en San Carlos, y que fueron presenciadas por
televisión en todas partes del país, se reflejen en forma negativa
entre los verdaderos amantes del futbol, aquellos para los que la
tradición durante muchos años ha sido disfrutar de un sano domingo
de futbol, alejándose aun mas de las ya de por sí despobladas
graderías de nuestros estadios. Sin embargo, lejos de que se
vislumbre un eventual giro en torno a este asunto del comportamiento
violento de seudo aficionados en nuestros estadios de futbol, todo
indica que no habrá ningún cambio. Un problema serio que impide el
progreso en la lucha contra las manifestaciones violentas y
radicales en nuestros estadios de futbol, es la docilidad del código
penal de Costa Rica. Si dentro del derecho penal en nuestro país el
castigar con pena de cárcel un delito se contempla como un elemento
que sirva para disuadir la actividad criminal, resulta
contraproducente que los mismos individuos que se vieron
involucrados en los actos bochornosos de San Carlos, y que fueron
detenidos en el acto, hayan sido puestos en libertad a la mañana
siguiente. El único requisito que se les impone como medidas
cautelares es no salir del país, y firmar en el juzgado cada quince
días. Con esto queda claro que los mismos sujetos que causaron tan
reprochable comportamiento en el estadio Carlos Ugalde, en teoría
puedan estar presentes en el Rosabal Cordero siete días después. De
esta forma la justicia se convierte en cómplice de quienes causan
disturbios tan reprobables, en vez de aplicar medidas más severas
que sirvan para impulsar la erradicación de la violencia extrema en
los estadios de futbol. Por otra parte, los federativos han aportado
también poco en esta materia, pues ha sido casi nulo el esfuerzo en
tratar de impedir que los integrantes de las barras radicales
previamente identificados por incidentes violentos ingreses a los
estadios como cualquier otro aficionado normal. A diferencia de lo
hecho por la Unión Europea de Futbol que mencionábamos antes, en
Costa Rica la Fedefutbol no ha implantado un programa de
identificación de miembros radicales de barras bravas, con el
objetivo de no permitirles entrada a los estadios. Por último, en
los equipos mismos no se ve esfuerzo alguno por entablar una
relación con sus seguidores radicales con el propósito de eliminar
su comportamiento de incitación y violencia. De hecho, algunos
directivos mas bien les han dado protagonismo. Recordamos al
entonces jerarca del Saprissa Jorge Alarcón, que gustaba de sentarse
con los miembros de la ultra, porque “se sentía más protegido”. Tarde o temprano volverá a suceder lo mismo, o algo peor
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