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“Las elecciones, un siglo después...”

 

Lic. Wilberth Arroyo Alvarez.

Abogado, Catedrático, UCR.

Al concluir el primer año del nuevo siglo, nos hace pensar, precisamente, en estos últimos cien años de nuestra historia patria, como si al detenernos en la autopista que traspasa la aldea globalizada de los tiempos contemporáneos, miráramos, hasta con nostalgia, lo que ya pocos costarricenses de hoy pudieron vivir en las calles de barro o empedradas, casas  de techo de paja, de paredes caladas y de tejas, del inicio del siglo XIX, incluida la situación política, en esa larga data. Es como querer percibir - ojalá sentir - lo que nuestros abuelos y abuelas, en su mayoría descalzos; ellos de sombrero y machete a la cintura  y ellas de vestidos largos y delantal, cada quien en sus faénas diarias, pensarían qué sucedería con su patria y su pueblo - sus descendientes- un siglo después. Con seguridad les pasaría como a nosotros, si quisiéramos “adivinar” lo que sucederá pasado este siglo, al llegar el 2101. Ciertamente, poco o nada;  salvo y, relativamente, los acontecimientos sujetos a la naturaleza, como el paso de un cometa o un nuevo eclipse de sol...pero por lo demás nos será muy difícil hacerlo en otros aspectos, aunque sí podríamos tomar una actitud previsora desde ahora para que no se den los efectos que, por omisión, lamentarán nuestra descendencia, como lo que podría pasarle al medio ambiente si no detenemos su destrucción,  por ejemplo y hasta de lo que pasará  en la política y entre los políticos de nuestra actualidad, si no medimos las resultas del voto inconsciente o hecho a fuerza de costumbre.

Hacia 1901, Costa Rica, a 20 años de cumplir su primer siglo de independencia política de España, la situación política distaba en mucho de lo que sucede ahora pues la madurez en este campo apenas empezaba a darse – por lo menos en la actitud del expresidente, a la sazón,  don Rafael Yglesias, que prefirió para las elecciones de ese período unas buenas y bien manipuladas componendas políticas  - con sesgos legales y hasta morales - dentro del cerrado círculo político de entonces, a los posibles conflictos que se le vendrían y el seguro golpe de estado - tan comunes en ese entonces - que le acarrearía su mantenimiento en el poder; madurez aquélla que luego se torna más sólida en los últimos 50 años del siglo pasado, con los aconteceres que todo sabemos se dan en el 48.

Hace cien años, con poco más de 300 mil habitantes, Costa Rica contaba con una economía fundamentalmente cafetalera y en auge bananero; con una fuerte oligarquía de estirpe cafetalero; con una inestabilidad política producto de las rencillas a la cúpula de ese pequeño grupo, económicamente dominante – casi todos familiares- lo que hacía que el costarricense, el de pueblo, de por sí aislado, individualista por natura y despreocupado –quizá a fuerza de lo que le resultaba impensable cambiar, si no estaba dentro de las pocas familias con poder – más bien se mantuvo, como lo fue desde la época colonial, tímido y retirado; cada quien en lo suyo, sólo a la expectativa de los rayos y centellas que se generaban  en el Olimpo, como se le llamó a la generación de liberales que por aquella época tenían copado todo el poder.

No obstante, y ante la actitud pasiva del ciudadano común, hace cien años se empezó a dar un florecimiento, de alto nivel, de la prensa, destacándose “La Prensa Libre”, “El Heraldo de Costa Rica” y “La República”, por su críticas, serias y fundadas, sin importar cuál era el gobierno de turno y con ello contribuyendo a la madurez política alcanzada hasta ese momento.  Y aunque existe un largo período de letargo, con fricciones políticas muy serias, incluyendo los abominables destierros de candidatos no afines al oficialismo, para imponer a los presidentes en la segunda ronda, y que culminan, ya a medios de siglo, 1948, con la revolución de todos conocida,  hoy por hoy la sensación que se tiene, dentro de estas nuevas elecciones, en el 2002, cien años despúes, de representantes en los principales órganos políticos,  incluido obviamente el Presidente de la República, es, en cierta medida, la misma dinámica política, como en épocas de don Rafael Yglesias,  don Ricardo Jiménez o don Cleto González Víquez, hasta la fecha, en la que no podemos hablar de verdaderos partidos políticos, ideológicamente puros, pues así como es constante en la naturaleza del costarricense el individualismo, es constante en política – a pesar de los nombres que se le de a un partido político para perfilarlo como ideológico- el “personalismo” en la figura de quien se disputa la Presidencia de la República. Es a partir del personaje del momento, su personalidad, su carisma, que los costarricenses nos aglutinaremos a su alrededor, sin mayor interés por sus Programas de Gobierno, pues, en todo caso, sus temas no distan mucho unos de otros, más o menos liberales, más o menos estatistas, como sucedió hace cien años cuando la transición política fue rápida, sin mayores altibajos, y básicamente entre “personalidades” ( unos pocos, por cierto), lo que, guardando las diferencias en el método de elección, las elecciones de hoy, confirmado por las últimas y controvertidas encuestas, mantienes su naturaleza estrictamente personalista, con mayor inclinación de los candidatos ( no de los partidos) a los dogmas liberales, aunque - como siempre ha sucedido-   no sea lo que defina el partido ganador, o más bien dicho, al candidato triunfador en la Presidencia de la República. Y por ello, depende de la persona por sí, como candidato, lo que hará que esa “masa” de hombres y mujeres costarricenses que se mantenga, hasta cierto momento, silenciosa, a la expectativa, sigilosa y a la espera del menor movimiento, como tratando de ver cuál  candidato “le gusta más”, para de pronto saltar, como la liebre, y sin decir aquí voy: ¡va y vota! y lo hace más por su vocación instintiva, gustativa, individualista,  de apuntarse al ganador, que por los planes y proyectos del partido o del mismo candidato. De ahí que importe poco a los costarricenses los programas de gobierno ( si son voluminosos o no, pues ni hay facilidad de acceso y si lo hubiera, la mayoría ni los leen y mucho menos los estudian, como debería ser) por lo que no es de sorprender que valga más una camisa blanca (aunque no sea la que use los colores de la bandera del partido), unas gafas que denoten, más que problemas de vista, intelectualidad o, qué decir del mejor bailado o cantada que se pueda echar el candidato, o el beso tierno que dé a su esposa....Es el look lo que cuenta y nada más.

Lástima que, aunque se mantuviera esa “personalización” de los candidatos en las elecciones, como hace cien años,  no fueran esas “perfiladas” las que contaran sino, por lo menos, el discurso claro y profundo – aunque no se comparta su contenido- que estilaban don Ricardo Jiménez o el mismo Rafael Yglesias y no como en estas actuales elecciones que predomina la palabra ligera, el pensamiento hueco en ideas de algunos candidatos; en fin, donde la pose, la figura y la imagen, lo externo, hasta la ropa que usan los candidatos, es lo que importa, más que los planteamientos realistas y concretos, aunque éstos no atraigan votos. Bueno, pero precisamente por esta última razón tenemos unas elecciones como las presentes, donde ya muchos están decidiéndose por el que “le gusta más” o, lo que podría ser lo mismo, rechazando “al que no le gusta” o “ le gusta menos”; buscando el ganador, como si se tratara de un partido de fútbol. Es, por desdicha, la tónica en las elecciones un siglo después, desde 1901.

 



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