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Hora del
Pacifico |
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Ayer me llegó una carta de una amiga que vive en México. Mi amiga es una
persona de buen corazón. A pesar de que es hija de un alto dirigente político
en México, desde su casa en Los Pinos se preocupa por el bienestar del mundo y
manda cartas en cadena para ayudar a los pobres y otras víctimas de la
violencia cotidiana.
En su carta nos pedía que circuláramos la carta. Era una carta de ayuda al
pueblo argentino. Ella, quien había estado en Argentina, estaba sorprendida de
cómo, de la noche a la mañana, estos hechos que aquejan a los hermanos
argentinos, habían de repente cambiado la imagen que ella guardaba de
Argentina.
Contaba que ella había vivido un mes de paz, prosperidad y opulencia, entre
discotecas y bares de moda, casas con piscinas, monumentos impresionantes y
avenidas comparables sólo con las de países como Francia y Estados Unidos.
Pero de repente, todo cambió.
De repente, Argentina había pasado de ser un país de muchos ricos a uno de
muchos pobres. Tan mal estaba la cosa que al menos un 45% de la población vivía
bajo el nivel de pobreza. Esto la tenía asustada, porque esto había ocurrido
de la noche a la mañana.
Como una plaga.
Sin embargo, lo que mi amiga, con todas sus buenas intenciones, desde su mansión
en Los Pinos no sabe es que esta plaga no cayó sobre Argentina como un alud. La
desgracia argentina es parte de un proceso lento y desgarrador que lleva décadas
comiéndose los cimientos de la infraestructura argentina.
La labor ha sido realizada por los dirigentes políticos y financieros
argentinos, Menem, De la Rúa, Cavallo y demás hampones, y las entidades ya
conocidas por el pueblo latinoamericano, el Fondo Monetario Internacional y el
Banco Mundial, y esta es la verdadera plaga que ha hundido a este gran país.
Oímos, diariamente, cómo más de un apuntado a las políticas de
neoliberalismo y privatización piden que nos movamos hacia la argentinización,
cómo van vendiendo el país al mejor postor, cómo nos tratan de convencer de
que no salgamos a las calles a protestar la privatización de entidades
nacionales, nos prometen que seremos otros, mejores, parecidos a Estados Unidos,
sí, como ellos, o mejores, muy ricos, si por fin accedemos y lo vendemos todo a
las multinacionales y entidades extranjeras: profetas y salvadores de nuestros
tiempos.
Hemos visto a Argentina echarse a las calles a golpear cazuelas, hemos visto a
un país entero salir a saquear supermercados, hemos visto a los pensionados
suicidarse porque no tiene con qué vivir. Ése es el futuro de quienes obedecen
a los intereses formados. Hasta ahora ni Pacheco ni Araya han hablado claramente
sobre la Globalización, plaga que afecta nuestras tierras desde hace décadas.
La plaga de la Globalización viene tocando las puertas de Costa Rica desde hace
años, y hemos visto a más de uno chuparse los labios en espera de que se nos
olvide las propuestas del pasado y nos retiremos a nuestras casas, a ver el
televisor y a decir en voz alta: pobres argentinos.