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La mujer que un dia fue niña

Nuevos Horizontes 10

   


Hola amigos.

Vedad que hay momentos en la vida en que el ser humano siente miedo o acaso

es que alguién me lo puede contradecir. En mi caso esto ha sucedido muchas

veces, por ejemplo antes de saber nadar, le tenía horror a las

profundidades, cada vez que estaba en una piscina o en el mar y no tocaba el

fondo, directamente entraba en pánico pensando que me iba a ahogar. Subir en

un lancha esto era para mi imposible de relizar, por cosas del destino, en

cierta ocación no me quedo otra opción máa que atravesar el Golfo de Nicoya

en una lancha de pasajeros que no era nada pequeña. Recuerdo como si fuese

ahora las amarguras que pase pues para remedio de males empezó a llover a

cántaros, seguido de un fuerte viento, las olas pasaban sobre la

embarcación como Pedro por su casa; mucha gente acostumbrada a esas

travesías empezaron a preocuparse de la situación. Les cuento que casi me

muero de la angustia, pase todo el viaje paralizada en un rincón sin ver

hacia ningún lado,las horas se me hicieron siglos. El momento más felíz fue

cuando llegamos a tierra ya que pude respirar tranquilamente, las primeras

palabras que brotaron de mi boca fueron para decirle a mi esposo que jamás

me volvería a subir en algo así en toda mi vida. Pero que raro es el destino

, ahora , años después estoy viviendo en el mundo de la navegación,

preparándome para en un futuro muy cercano realizar viajes inter-oceánicos

con mucho menos temor a las fuerzas de la naturaleza, cosa que ya he

experimentado varias veces aquí en el Mar del Norte el cuál es bastante

bravo.

Quiero compartir con ustedes el milagro que hizo que yo perdiese el miedo al

navegar. Algunos años antes de venirme a vivir a este viejo continente, una

de esas maravillosas tardes de verano, estabamos mi esposo y yo en Puerto

Jiménez sentados a la orilla del mar observando el atardecer y visualizándo

la siluetas de las pequeñas canoas regresando de sus faenas diarias. En ese

momento fuí entrando en una preciosa fantasía o realidad, eso no lo sé; esto

es algo que me ocurre casi siempre siempre que estoy a la orilla del mar.

Hipnotizada por tan hermosa belleza empecé a correr por la playa siguiendo

el juego de las olas, escuchando el ruído del mar confundiéndose con el de

las aves ue revoloteaban a mi lado queriendo buscar toda mi atención, el sol

cansado de su labor y aturdido por el bullicio del día, poco a poco fue

busacando su lecho y así descanzar dejando a sus espaldas un inolvidable y

cautivador atardecer que ninguno de los más famosos pintores han podido

captar. Dejándome llevar por tan hermosa belleza, seguí caminando sin darme

cuenta de que a pocos pasos atrás, era seguida por mi esposo cauteloso y

atento a mis sueños. De repente observé que alguién arrastraba su pequeña

embarcación hacia el mar, sentí la necesidad de preguntarle si me era

posible subir en el bote que estaba hecho de un sólo tronco de árbol, muy

amabablemente me respondió, sí, con mucho gusto. Mi esposo super sorprendido

siguió lo que él pensaba que era un juego, al ver que yo tomé esto en serio

decidió ir también. Momentos antes de partir, mantuvimos una muy linda

conversación con el señor, en la que me dí cuenta que no era un pescador ya

que su misión era Evangelizar. No se por qué pero la realidad es que este

Pastor me dió seguridad y valor para enfrentarme a lo que siempre le había

tenido tanto miedo, de lo que si estoy segura es que Dios lo puso en mi

camino. Los tres partimos mar afuera, yo sin el más mínimo temor obtuve unas

preciosas experiencias las que no puedo explicar con palabras, sólo se que

las viví. la noche empezó a caer, aparecieron las estrellas indicándonos el

camino de regreso, ese mismo que esta trazado en mi vida al paso por este

mundo.

Por eso cada vez que miro una de esos farolitos en la inmensidad de nuestro

firmamento, es una señal de la luz que me saco y me sigue sacando de las

tinieblas de la inseguridad y el miedo.

Un beso grandote

Yoly



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