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Lic. Wilberth Arroyo Alvarez

Exjuez Superior de la República, Catedrático, UCR.

   Comuniquese con el autor                                        warroyo@cariari.ucr.ac.cr  

“Limón”

 

Hace poco tiempo debí ir a atender un caso a  los Tribunales de Justicia en Limón, lo que hice muy a mi pesar por la mala impresión que hace cuatro años tuve de esa ciudad. Sin embargo, al llegar, en un mediodía muy soleado, mi sorpresa fue encontrarme con un panorama muy distinto. Sin creerlo me detuve varias veces para constatar que aquello que estaba viendo era verdad. Y sí, efectivamente Limón lucía radiante: la mayoría de las calles bien pavimentadas, señalizadas y limpias, otras en construcción, hacían conjunto con sus aceras y desagües, que recién habían sido acicalados por cuadrillas de mujeres que barrían y limpiaban con esmero cada rincón de esas vías, al igual que otro grupo, también de mujeres, que se encargan de pintar y en general mantener presentables los edificios públicos. Luego de dar varias vueltas por la ciudad  todo estaba en su sitio y por doquier se podía observar cómo otras cuadrillas, esta vez de hombres, hacían, por aquí y por allá,  trabajos, sino en las calles, en los parques, que ahora empiezan a lucir como lo que alguna vez fueron. El Parque Vargas es remodelado y su tupida vegetación y palmeras se asoman y mueven, rejuvenecidas, altivas y alegres, al son del calipso y de las olas del mar. Encontrarse de frente con la imponente edificación del “Black Star Line” es volver a una época de ensueño del viejo Limón, sin dejar de extasiarse viendo el antiguo edificio del Correo, el de los estibadores,  la gran Casona, con su arquitectura sencilla, de pisos rústicos, el Mercado, el edificio de los Tribunales, los diques y desde allí la isla Uvita, con sus paisajes de fondo, de cielo claro, brillante y matizado de colores. Y qué decir de ese extenso y amplio boulevar, con sus tiendas de souvenirs, almacenes, bares, restaurantes y otros negocios que reciben en oleadas el ir y venir de muchos turistas: gringos, canadienses, italianos, alemanes… y muchos más nacionales. El muelle es pura actividad, navíos grandes y pequeños. Y la estiba, constante. ¡La energía fluye en Limón!. La amabilidad con que los comerciantes atienden; la alegría que vi y sentí en los habitantes negros, blancos y amarillos de esa ciudad, refleja sin duda una muy mejorada autoestima de sus gentes, lo que convierte la estadía en Limón en una cálida experiencia, pues el compartir con costarricenses afrocaribeños y chinos, con culturas tan especiales, alegres y muy llenos de historia, no deja de ser un privilegio para los mestizos del Valle Intermontano Central. Sin duda alguna, volveré a Limón para disfrutar comiendo un rice and beans, un pan bon y escuchar a un afro quien, mirando al mar, musita un “Don´t worry, be happy”.  


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