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EL GATO ALBINO
La vi pasar en bicicleta
en una tarde de un domingo,
pedaleando con sus chancletas
en el día de San Jacinto.
Traía en una bolsa abierta
tres cruces de luctuoso pino
y tres soporosas botellas
llenas de gangrenoso vino.
Dejando a su paso una estela,
dejando a los seres dormidos,
cubierta con güibí de seda,
besando con ojos llovidos.
Se estacionó junto a la puerta
donde yacía un gato albino
y tocó con delicadeza
la fiel cabeza del minino.
-No, no es por tí sino por ella
que hago este viaje repentino;
se le acabó el reloj de arena,
¡Muévete a un lado, peregrino!
Bloqueando el minino la puerta
conjuró con tono tranquilo:
-Poseerás el alma de piedra
pues, tal ha sido tu destino,
pero no obligues a mi dueña
a que vaya al baile contigo;
antes, arráncame mis venas,
y guíame que yo te sigo,
pues, te seguiré hasta las puertas:
las puertas del infierno mismo.
Conmovida la muerte besa
vellos de terciopelo fino,
eligiendo dejar como huellas
leves rastros de un rojo armiño.
©1997, Ernesto Con "El Poeta de la Periferia". De
"Divagaciones de una sombra".
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