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Del libro “Memorias de mi
pueblo”
Del autor costarricense:
Rafael Chacon (Conejo Blanco)
El perro de pirucha
Por:
Conejo Blanco
Recordando
a mi pueblo tal como era por los años 60 es volver a llenarme de juventud otra
vez. Que lindos recuerdos pasan por mi mente en estos momentos!.
Me parece que estoy parado ahí en la esquina de la cantina la Luz. Allí
llegaban los chismes del pueblo, allí en esa esquina bendita, los sufrimientos
del pueblo
eran evocados una y otra vez.
En esa esquina se vendían granizados, frutas, tacos, pejivalles; ahí se miró
por primera vez la primera pantalla de televisión en el 59. Los gritos todas
las noches de Tinaja o Bolas con aquello de ‘Pejivalles con pata de chanchoooo...’
Claro que el chancho era uno, por la agarrada de maje que le daban, pero aún
así,
aquello para nosotros era algo parecido a Las Vegas.
Más abajito de la esquina estaba la Farmacia de Don Mario Alfaro, que tan buen
servicio diera al pueblo. Al ladito estaba Ferreol con su amena zapatería, y
arrimadito nomás estaba el Gordo Arturo Monge con su verdulería y negocios de
toda clase. Al costado estaba Chancha, seguido de la carnicería del tutile
Fernando Malavassi, hombre de fama en el pueblo ya que era el salvador de los
pobres. Este hombre compraba café. Era un buen negociante, nunca preguntaba de
donde era, ni si uno tenía finca. Ahí mismo se medía y pague.
En frente del tutile estaba Don Mario López y, claro, no vamos a dejar por
fuera a Don Santiago Aguja con su tienda de ropa. Este hijo de la Madre Patria,
tenía una tienda en la cual exhibió una cobija y tres camisas en su ventana
durante una década, al punto que cuando vendió la cobija y quiso sacarla de la
ventana, eran hilos los que caían por todas partes, se había podrido!.
Y mencionaré al benefactor del pueblo, a Don Juan Garita, a quien nunca se le
ha dado un reconocimiento, ya que este hombre empleaba a todos los vagos del
pueblo en la elaboración de su pan, que por cierto era el más sabroso que se
vendía en aquellos tiempos. Claro, nunca nos pagó un centavo, pero nos mantenía
ocupados y nos dejaba comer para saciar el hambre.
También cabe mencionar la barbería de mi querido padre, en donde más de una
vez, algunos salieron sin orejas. Mi padre tenía la costumbre de “montarse en
la carreta”, y cuando esto sucedía, era algo gracioso ver a los poblanos por
detrás de medio lado. Lo bueno es que el pelo crecía, pero las orejas no. Qué
recuerdos!. El Club Unión de Tres Ríos, propiedad de don Angel Bobo, que así
le decian, y herencia para todos sus hijos el apodito; allí bailaron todas
estas mujeres que hoy dia son abuelas.
Y era algo chistoso ver como a veces más de una damita era sacada del pelo por
un padre celoso. Claro que eso valía una peseta ya que al domingo siguiente,
allí estaba la jovencita, y esta vez el que cobraba en
la puerta decía: “alerta muchachas, viene tu tata”, y se metian a
los servicios y quedaba aquello sin el sexo opuesto por unos minutos. Pronto se
daba la voz de “ya se fue” y “pa’fuera muchachas”.
Y es tan lindo recordar y se me viene a la mente el teatro del pueblo en donde
Pinol, por tantos anos, nos deleitó con tan buenas películas.
Y ya que menciono a Pinol, recuerdo que era muy cabro y cuando andaba ya con
tres semanas de monte, empezaba alla por detras de la Iglesia con sus quejidos.
La carpintera que tenía un eco reproducía aquel esfuerzo
de vómito por toda la comarca. Allí se oían a las viejillas decir a sus
maridos:.
“¿Se da cuenta Viejo?, ese cochino guaro”. O “que feo se oye, ¿vé
papito?”.
Aquello era divertido. Por esa calle bendita caminaron todos nuestros
antepasados. Tanto ellos como nosotros no queríamos que aquello cambiara.
Pero el cambio tenía que llegar. Habían nuevas caras en el pueblo. Nuevo cura,
uno de Sevilla, y quería volver al pueblo como lo que el curita había dejado
allá en la Madre Patria.
Este curita nos hizo mucho daño, ya que tumbó la Iglesia vieja, que era una
reliquia para nosotros, y nomás comenzó el despelote. Este curita era de
apellido Vara, y empezó a apretar las clavijas con aquello de enaguas largas,
blusas de manga larga, nada de agarrarse de la manita los novios. Y como dice el
refrán, todo se olvida, pero a este pobre cura aún yo lo ando zangoloteando,
ya que el cambió mi pueblo.
Nos quitaron aquella plaza en frente de la iglesia, ya que decía el curita que
a veces estaba oficiando misa y el monaguillo tenía que patear la bola fuera de
la iglesia. Este curita daba vueltas por los alrededores del pueblo y si
encontraba una parejita nos escoltaba al hogar de la jovencita. De ahí el dicho
que corre aún por Costa Rica: “No agarre la Vara, Maje”. Este dicho salió
del curita y fue llevado a la capital por un joven de apellido Cambronero
que lustraba zapatos en el Parque Central. Este muchacho era un pachucazo; pues
a él le acreditamos el dicho.
Bueno, para que los canso más, al grano con la historia del perro de la Pirucha.
La Pirucha era una dama que viajó por todo el mundo. Se llamaba Berta
Salazar. Dicha dama vivía cerca de la clínica social y tenía un perrito que
había traído de U.S.A. Era un perrillo feo, pero para ella era un rocinante.
Dicha dama caminaba todas las tardes con el animalito y en frente de la barbería
de mi padre, ahí paraba, levantaba la pata y se orinaba. Aquello era de a
diario y ya el olor de orines no se aguantaba.Yo, que para ese entonces ya era
barbero de oficio, buscaba la manera de quitar aquel problema. Le dije a la dama
del cuento y ella como si nada. Su perro era su perro y en cualquier parte se
miaba. Por fin, cansado del olorcito decidí poner una lata de zinc donde el
perro levantaba la pata. Fue peor, yo le hechaba agua pero el olor al rato era
el mismo. Por fin decidí poner un alambre de la corriente a la lata y cuando
llegaba el perro, sácatelas! lo enchufaba a ver que sucedía. Los días pasaron
y el perro no se arrimaba; yo todo contento de que la Pirucha había entendido
razones, pero no fue así. Dicho animalito levantaba la pata por todos los
negocios del pueblo y el descontento era mayor. Por fin pasó la Pirucha en
frente de la barberia y que levanta la pata y le conecto el alambre. Aquel perro
le pegó tal jalonazo a la mano de la Pirucha, que por poquito se la
arranca. La dama soltó el animal, que del güevazo brincó a media calle en
donde una Sacsa de Cartago acabó con sus días.
Nunca se supo lo que pasó, ni el porqué del jalonazo. Hoy lo cuento, pero no
fueron mis intenciones de que el animalito perdiera la vida.
Después la dama del cuento se paseaba por el pueblo con su esposo, un americano
al cual le cayó bien la muerte del animal. Ahora andaban juntos.
Pero
mi pueblo era famoso por los dichos. De allí salió aquel otro dicho de
¿cuál bolsa?. Ese dicho fue en relación a un circo que llegó al pueblo. Le
amarraron el perro a muchos y en especial al panadero. Éste, que gentilmente
ponía el pan todas las mañanas en una bolsa, fue “mordido” por los
cirqueros. Los del circo le decían “nos deja el pan en esta bolsa”, y ya
cuando no le pagaban, le decían ¿cual bolsa?. Este dicho fue llevado por
Isidro "Guaria" a San Jose, que vendía plantas en frente del Club Unión.
Tal vez ustedes lo recuerdan, debajo de un palo al frente donde era Lanco.
Y, claro, murio el perro de la Pirucha, pero fué inmortalizado por el pueblo,
ya que cuando nos pasábamos de enamorados, nos decían: “Sos más enamorado
que el perro de la Pirucha”.
Lo
que no les había contado era que aquel día que murió el perro, junto con él
moría una perra en las llantas de la misma Sacsa.
Lógico fue que creyeron que fue suicidio amoroso!!.
conejoblanco
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