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“Crónica de una Tragedia Familiar”

 

Lic. Wilberth Arroyo Alvarez.

Catedrático U.C.R.

warroyo@cariari.ucr.ac.cr

 

            Aunque fue, realmente, una experiencia familiar, como podría darse o estarse dando en cualquier otro hogar costarricense, quiero contarles esta horrible experiencia que padecimos en el mío, pues, quizá, podría hacer recapacitar a muchos en cuyas manos está la salud y bienestar de los ancianos en este país.

            La crónica es ésta: Mi papá, un hombre de 80 años, alajuelense puro, que hasta hace un par de meses, no padecía de nada grave, ni siquiera un resfriado, de pronto, comienza a deslizarse por las paredes, hasta caer; su paso, hasta ese momento, firme, se hace lento y difícil; luego, de un día a otro, queda totalmente paralizado, rígido, a tal punto que no sólo pierde sus facultades motoras, sino su habla, su oído, sus sentidos y por supuesto comienza a desconocernos por ratos... Ahí está mi papá, postrado ante la adversidad, ante la fatalidad.... Ahí está el ser quien , después de Dios,  y junto a mi madre, amo con toda mi alma y espíritu, al igual que lo hacen mis otros hermanos y hermanas y toda su innumerable descendencia.

            Así pues, ante la impotencia que todo ello significó para todos en mi casa, optamos por buscar un buen médico, especialista en ancianos o de los llamados gerontólogos. Nos recomendaron uno de estos médicos en la misma clínica de Alajuela, donde en principio llevamos a papá. Al ir a cita con dicho galeno, confiamos que este “médico especialista” le devolvería la salud a mi padre. Durante tres semanas lo trasladamos a su consultorio privado ( pues también labora en el Blanco Cervantes, pero ahí no quiso remitirlo, pues piensa que allí van, siempre, a morir y mejor que lo hagan en la casa ¡ y claro, con el pago de sus honorarios!); y para cargarlo, literalmente, había que sacar fuerzas y mucha voluntad de toda mi familia -especialmente mis “superhermanas”-, hasta su despacho médico,  pues el estimable Dr. Especialista dijo no poder acudir a verlo a la casa. ¡Jamás! En cada visita médica, que obviamente no era gratuita, le mandaba gran cantidad de pastillas, las que, además de que papá rechazaba por su amargura, inmediatamente después lo “ponían a dormir”. Le mandó a hacer exámenes de sangre y sólo dejó dicho, con su secretaria, que “estaban bien” (¡los exámenes!).... Así, siendo que mi papá  claramente tenía un problema en el sistema nervioso central (y me perdonan si digo algo disparatado pues no soy médico), al haber pérdida de los movimientos más básicos, nunca se  le ocurrió a este “especialista” mandarle otro tipo de prueba, como era el llamado T.A.C, por ejemplo, “...pues ¿para qué? Es mayor...”, dijo. . Sólo pastillas “para dormir” y el correspondiente pago de sus abultados honorarios.

            Una mañana, mi madre, una anciana también, muy angustiada, nos llamó pues mi papá estaba agonizando; tenía  tres días y dos noches de no despertar y ella quería que estuviéramos todos para su despedida. Al médico “gerontólogo” se le llamó telefónicamente y por medio de su eficientísima secretaria dijo estar muy ocupado con otros pacientes.

 

Ya desesperados, aunque pecamos de tardíos, llamamos a un primo que es médico otorrinolaringólogo, o sea no es “especialista en ancianos”, quien nos recomendó- ¡luego de “carageárnos”, con sobrada razón! - que lo pasáramos en ambulancia directamente al Hospital México. Mi primo se hizo presente, como a las 5 de la tarde y luego de hacerle los lógicos exámenes que un médico “especialista en ancianos” le hubiera hecho a un viejito quien de pronto había quedado paralizado, lo pasaron al quirófano donde un neurocirujano lo intervino y le salvó la vida. Mi papá hacía unos meses había tenido una caída que no le dio, ni le dimos, importancia y eso le había hecho acumular sangre en su cabeza. Ahí estaba la causa de todo su mal. Y el “gerontólogo especialista” ni siquiera lo “adivinó” y a pesar de que se le dijo, lo que hasta mi abuela de 92 años hubiera dictaminado fácilmente... hasta sin exámenes.

Hoy gracias a Dios y a mi primo, su colega médico y demás personal médico y de enfermería del Hospital México, mi papá, aunque con algunas secuelas de la enfermedad, es un hombre renacido: ya habla, come, camina, ríe, ama,  reza  y le da infinitas gracias a Dios que las diez horas que nos tuvo orando en la sala de espera de ese Hospital, nos unió aún más como familia y nos hizo ver y padecer en carne propia la irresponsabilidad de un médico que sólo piensa en sus honorarios y cuya actuar, desde que le llevamos a papá, fue que él tenía que “dormir” y así como “se pone a dormir” a un pobre animal, así cree este “Doctor  especialista”, alajuelense, debe hacerse con los ancianos por el sólo hecho de serlo.

            Ojalá que si tenemos una experiencia parecida con uno de nuestros ancianos sepamos donde lo llevamos y consultemos a otros médicos, aunque no se digan llamar “especialistas en ancianos” o “gerontólogos” pues si la mala suerte lo lleva a  topar con éste Doctor del terror, Dios le libre confesado... En mi casa y otros familiares que también se “embarcaron” con este galano galeno le llamamos el Dr. Muerte. Dios quiera que los que aman a sus viejitos tengamos cuidado, pues así como éste habrán otros, que no por trabajar en el “Blanco Cervantes” – supuesta garantía de especialización- piensan que “los viejitos, muy viejitos, como ni papá,  tienen que morir y es mejor que duerman...”!!! Por Dios, qué son estos médicos...! ¡Por el amor de Dios!



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