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Nuestro Paraiso
Ana Zahler
xiyvza@hotmail.com
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LA CAJA REGISTRADORA TRISTE
No es vieja, por lo tanto, nadie la discrimina a causa de su edad. Es
ultramoderna: los jóvenes la operan con facilidad pues su programa simila al
Windows; pero las personas que ya cuentan más de tres décadas deben aprender
como funciona. Esas personas conocieron a la caja registradora obsoleta que
funcionaba sin electricidad, con teclas y opciones mínimas. Esas reliquias
no confeccionaban recibos ni operaciones matemáticas, pues el usuario debía
realizarlos manualmente.
Sin embargo, su modernismo les acompaña una tristeza de hoy día: la pérdida
de valores familiares, espirituales, éticos y morales. Cada día oyen los
comentarios superfluos e inútiles de los compradores. Raro les resulta
escuchar cuando alguna alma buena compra alimentos para sus semejantes, sin
interés alguno y con caridad para que estos disfruten de un bocado no solo
en Navidad, sino también el resto del año. Hoy día viven la competencia por
adornar la casa (por dentro y por fuera) con los últimos detalles costosos,
modernos, originales, innovadores y fuera de serie. Sus ancestrales
antecesoras vivieron una época de prudencia, sin dinero plástico ni
obstentación.
Por raro que usted lo lea, encontré una caja registradora en una compra y
venta. Lloraba. Sì, lloraba con llanto lastimero, agudo, fuerte,
inconsolable. Estava ahí pues fue sustituida por una congénere último
modelo. Me rogó que la llevase a un lugar donde aún hay seres humanos que
recuerdan el verdadero sentido de la Navidad, donde pudiera ver la sonrisa
inocente y alegre de los niños, además de sentir el calor de la bondad
humana. La triste caja registradora había vivido solo en tres tiendas. En la
última, fue solo decoración por su inutilidad para lo ultra moderno. Dijo
sentirse sola, abatida, despreciada y abandonada.
La compré y llevé a mi hogar. No hay tienda en mi hogar pero sí hay seres
humanos. No hay lujos, comidas exóticas, estrenos de última moda,
competencia por el mejor regalo ni tarjetas navideñas electrónicas. Pero sí
hay decoración sencilla y con sentimiento. No hay pavo ni jamón para la
cena, pero sí hay comida balanceada para todos y hasta para compartir con el
prójimo. No hay ropa cara, algunos trajes fueron adquiridos en tiendas de
segunda mano pero no debemos lo que vestimos. Algunas tarjetas navideñas
fueron confeccionadas por la familia, con renglones originales, de corazón y
a la medida de quienes la reciben.
Uno de los niños me preguntó por qué llevé una caja resgistradora para
adornar la época. Le relaté los ruegos de la misma. Entonces el pequeñín
colocó el pasito dentro de la gaveta abierta de la caja abandonada. ¡Qué
mensaje tan directo!
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