El tema de las drogas y todo lo relacionado con el tráfico ilegal de las mismas, y toda la violencia inhumana y fuera de todo sentido común que la lucha contra las mismas genera, es y será siempre tema de actualidad.

 

La siguiente ponencia es un claro punto de vista del autor. Está usted de acuerdo con lo que el autor expone? O, por el contrario, está en desacuerdo? De una u otra forma, si usted quiere expresar su punto de vista, aquí lo puede hacer!

 

 

Se deben legalizar las drogas?

 

 

Por: Arturo Enrique Cortés

 

 

 

Si la prohibición de las drogas ha fallado, es la legalización de las mismas la solución menos mala?

 

Hace más de cien años, un grupo de diplomáticos extranjeros se reunió en  la ciudad china de Shanghái para lo que fue el primer esfuerzo internacional en prohibir el comercio de los estupefacientes. El 25 de febrero de 1909 acordaron establecer la Comisión Internacional del Opio. Lo irónico es que esto sucedió apenas unas décadas después de que la Gran Bretaña se había enfrascado en una guerra contra China cuyo objetivo era asegurar su derecho a comerciar con la sustancia. Después de lo sucedido en aquella conferencia cumbre, en el mundo se han establecido muchas otras prohibiciones de drogas enervantes. Para 1998, la Asamblea General de las Naciones Unidas comprometió a los países miembros a alcanzar un “mundo libre de drogas”, y “a eliminar o reducir significativamente” la producción de opio, cocaína, y hachís para el 2008.

Pero eso de poco sirvió; quizás apenas para dejar patente que esa es la clase de promesas típicas que gustan hacer los políticos, ya que con ellas creen mitigar el sentido de pánico moral que ha sido el estandarte de la prohibición durante más de un siglo. La intención fue transmitir tranquilidad, principalmente a los padres de los adolescentes de todo el mundo. Sin embargo, esas fueron promesas inmensamente irresponsables, ya que representan algo que no se puede cumplir.

Y aun hay más: en el año 2000, ministros de todo el mundo se reunieron en Viena para establecer la política internacional sobre la droga a seguir durante la siguiente década. Como generales de la primera guerra mundial, muchos clamaron que lo que se necesitaba era “más de lo mismo”; es decir, seguir férreos con la prohibición de las drogas. Pero de hecho, está comprobado que la guerra contra las drogas en todo el mundo durante más de un siglo ha sido un desastre, creando estados fallidos en el mundo subdesarrollado, aun así cuando la adicción ha florecido en países del primer mundo. Por cualquier medida sensata, esta lucha de más de 100 años ha sido iliberal, asesina, y sin sentido. Por eso es que es plausible pensar que, ante el hecho comprobado de que la prohibición de las drogas ha fracasado, la política a seguir menos mala es legalizarlas.

Y estamos de acuerdo con el punto de vista de la revista The Economist: “Menos mala” no quiere decir buena. La legalización, aunque claramente más beneficiosa para los países productores, traería diferentes riesgos a los países consumidores, porque con la legalización, como señalaremos abajo, es factible que se perjudicarían muchos consumidores vulnerables a las drogas; mas sin embargo, el beneficio real sería sin duda para el mayor número.

 

La evidencia del fracaso

 

Por estos días la Oficina Sobre Drogas y Crimen de las Naciones Unidas ya no habla más sobre un mundo libre de drogas. Su pregón ahora es que el mercado de las drogas se ha “estabilizado”, queriendo decir con esto que los más de 200 millones de personas, o casi el 5% de la población adulta del mundo que hoy consume drogas ilegales, es aproximadamente la misma proporción que hace una década. Pero como la mayoría de las manipuladas estadísticas sobre la droga, este dato no es nada más que un educado cálculo. De esta forma es claro como la evidencia clara puede ser minimizada.  Porque se sabe que la producción de cocaína y opio es probablemente casi la misma o mayor que hace una década; la de hachís mucho más alta. Y es cierto que el consumo de cocaína ha declinado gradualmente en los Estados Unidos desde su punto más alto a principios de los ochentas, pero la tendencia no es pareja, ya que se mantiene más alto que a mitad  de los noventas, y está aumentando en muchos otros lugares, incluyendo Europa. También han proliferado otras drogas sintéticas, como el éxtasis y la metanfetamina.

            Y esto sucede no por falta de esfuerzo: solamente los Estados Unidos gasta unos cuarenta billones de dólares cada año tratando de eliminar la oferta de la droga. Este país arresta millón y medio de sus ciudadanos por delitos contra la salud, encerrando a medio millón de ellos, y afectando en mayor medida a ciertos grupos étnicos; las duras leyes contra la droga son la razón principal por la que uno de cada cinco hombres afroamericanos y otros tantos latinos pasan algún tiempo tras las rejas. En el mundo subdesarrollado la sangre está siendo derramada en una proporción escandalosa. En México, desde diciembre del 2007, la lucha contra el tráfico de drogas ha matado a más de 28,000 personas, entre ellos a políticos renombrados, periodistas, estudiantes, gente del espectáculo, y a más de 2,000 agentes policiacos, judiciales, y soldados. Además, los límites se han extendido y, ahora mismo, los carteles de la droga asesinan sin misericordia a migrantes centro y sudamericanos que utilizan la ruta mexicana para llegar a Estados Unidos, por el simple hecho de negarse a ser “reclutados” y trabajar para ellos en el trasiego de drogas.

            No obstante la prohibición misma es la que vicia los esfuerzos de quienes luchan contra las drogas. El precio de una sustancia ilegal se determina más por el costo de distribución que del de producción. Pongamos la cocaína: el precio entre la coca en el campo y en el consumidor aumenta más de cien veces. Aun si rociando con pesticida los sembradíos de los campesinos cuadruplicara el precio local de las hojas de coca, esto tiende a tener poco impacto en el precio de la calle, el cual se establece principalmente por el riesgo que implica introducir cocaína a los Estados Unidos y a Europa.

            Por estos días, las agencias policiacas y otros organismos que combaten el tráfico ilegal de drogas claman que incautan cerca de la mitad de toda la cocaína que se produce. Por eso tal vez durante el último año, el precio en la calle en los Estados Unidos parece haber subido, mientras hay indicios de que la pureza se ha reducido. Pero lo que está claro es que la demanda por la drogas no baja cuando los precios suben.  Por otra parte, hay bastante evidencia de que el negocio de las drogas se adapta rápidamente a las interrupciones en el mercado. Cuando mucho, una represión efectiva únicamente logra que se cambien los sitios de producción. Así tenemos que el opio se ha movido de Turquía y Tailandia a Myanmar y el sur de Afganistán, donde socava los esfuerzos de Occidente por vencer al Talibán. También vemos que la cocaína colombiana ahora utiliza países centroamericanos como ruta para hacer llegar la droga hasta Estados Unidos y Europa, y ha disminuido gradualmente el uso de otras rutas ahora minadas de vigilancia.

 

 

La legalización transformaría la droga de un problema de ley y orden, en un problema de salud pública

 

Y de cierto, lejos de reducir el crimen, la prohibición ha fomentado la criminalidad a una escala que el mundo nunca había visto antes. Y no es de extrañar: de acuerdo a quizás un inflado cálculo de las Naciones Unidas, la industria de las drogas ilegales maneja unos 320 billones de dólares al año. En Occidente hace criminales a quienes de otra forma serían ciudadanos apegados a la ley. (El actual presidente de los Estados Unidos podría fácilmente haber terminado en prisión por sus experimentos de juventud con el “soplo”). También la prohibición hace las drogas más peligrosas: los adictos compran cocaína y heroína altamente adulteradas; muchos usan agujas sucias para inyectarse, propagando el VIH; los infelices que sucumben al “crack” o la “meth” están fuera de la ley, dependiendo solamente de sus “dealers” para conseguir su “alivio”. Pero son los países en el mundo subdesarrollado los que pagan la mayor parte del precio. Aun en una democracia relativamente desarrollada como México ahora se encuentra en una lucha de vida o muerte contra los capos de la droga. Oficiales norteamericanos, incluyendo un anterior tsar de la droga, han hecho pública su preocupación por tener a un “narcoestado” de vecino, sin mencionar apenas que la demanda por las drogas ilegales en ese país es en gran parte culpable de que México esté como está. Algunos políticos estadounidenses han caracterizado a la frontera mexicana como el “trampolín” de las drogas hacia su país, pero son ciegos ante la realidad de que México es el trampolín, porque los Estados Unidos es la gran piscina. De hecho, las grandes luchas entre los carteles de la droga en México por establecer “jurisdicciones” no son precisamente para negociar la droga dentro del país mexicano, sino para hacerla llegar a Estados Unidos y Europa.

            El fracaso de la lucha contra las drogas ha llevado a algunos de los que más luchan contra este mal, especialmente en Europa y América Latina, como lo estamos viendo ahora en México, a sugerir legalizar las drogas, y así cambiar el enfoque de encarcelar a la gente, por uno de salud pública, y de tomar medidas para paliar los riesgos (tal como fomentar en los adictos el uso de agujas limpias.) Esta medida pondría más énfasis en la educación pública y en el tratamiento de los adictos, y menos en hostigar a los campesinos que cultivan la coca, y en el castigo de los consumidores de drogas “suaves” para uso personal. Ese sería un paso en la dirección adecuada.

            La legalización no solamente despejaría del escenario a los capos de la droga y a muchos políticos de alto nivel y a policías corruptos envueltos en el negocio (y por consiguiente se  eliminaría también gran parte de la violencia sin medida que la lucha contra esta gentuza genera), pero a la vez también contribuiría a disminuir en un alto grado la tasa de criminalidad de muchas partes del mundo, donde la gente vive atemorizada por tantos asaltos y robos, en su mayor parte generados por una imperiosa necesidad de los viciosos por conseguir dinero para comprar drogas que no están al alcance de sus bolsillos. La legalización transformaría la droga de un problema de ley y orden, en un problema de salud pública, lo cual es como debiera ser tratado. Los gobiernos cobrarían impuestos y regularían el comercio de la droga, y usarían los fondos colectados (y los billones ahorrados en combatir el narcotráfico) para educar al público sobre los riesgos de usar drogas, y también para tratar la adicción. La venta de drogas a menores debe continuar prohibida. Diferentes tipos de drogas estarían sujetas a diferentes niveles de impuestos y regulaciones. Aunque debemos reconocer que este sistema sería difícil e imperfecto, requiriendo un monitoreo constante y de intercambios comerciales difíciles de medir. Los precios ya con impuestos se deben establecer a un nivel que logre un equilibrio entre amortiguar el uso por un lado y, por otro, desalentar el mercado negro y, como ya dijimos, los actos desesperados de robo y prostitución a los cuales los adictos ahora recurren para alimentar sus hábitos.  Acabaría también con los llamados “burros” y “mulas”, razón por la que muchas cárceles están saturadas de hombres y mujeres purgando largas condenas a cuenta del estado.

            Convencer a la gente de implementar este imperfecto sistema en los países productores, donde el crimen organizado es el tema político central, es bastante fácil. La parte difícil viene en los países consumidores, donde la adicción es la principal batalla política. Suficientes padres norteamericanos, por ejemplo, podrían aceptar que la legalización sería la respuesta correcta para las gentes de América Latina, Asia, y Africa; ellos inclusive podrían verlo como un sistema útil en la lucha contra el terrorismo. Pero su temor inmediato sería por sus propios hijos adolescentes dentro de los Estados Unidos.

Ese temor está basado en gran parte en la presunción de que en un régimen legalizado la mayoría de la gente usaría drogas. Sin embargo, esa presunción puede ser equivocada. No hay correlación entre la dureza de las leyes contra la droga y la incidencia del uso de éstas: entre los ciudadanos que viven en países donde las leyes son duras (notablemente Estados Unidos, pero también la Gran Bretaña) el grado de consumo es mayor que menor. Algunos de los que encabezan la lucha contra las drogas, ingenuamente culpan de esto a supuestas diferencias culturales, pero está bien demostrado que aun en países más o menos similares las leyes fuertes hacen poca diferencia entre los adictos: la rigurosa Suecia y la más liberal Noruega tienen precisamente la misa tasa de adicción. La legalización podría reducir la oferta, y como consecuencia también bajaría la demanda, pues ya no se necesitarían los distribuidores al menudeo. Y aunque sí es cierto que no se puede tener certeza en esto, es difícil discutir también que la venta por parte de distribuidores ilegales de cualquier producto que es hecho barato, más seguro, y más ampliamente disponible bajaría.

            Hay dos razones para argumentar que la prohibición de las drogas debe ser erradicada del todo. La primera es una de principio liberal. Aunque algunas drogas ilegales son extremadamente peligrosas para algunas personas, la mayoría no son especialmente dañinas (El tabaco es más adictivo que virtualmente todas las drogas). La mayoría de los consumidores de drogas ilegales, incluyendo la cocaína y hasta la heroína, las usan solo ocasionalmente. Esto sucede porque ellos experimentan un placer en usarlas (lo mismo que cuando beben un trago de licor o se fuman un cigarrillo.) No es trabajo del estado impedir que hagan esto. Y aun cuando los gobiernos han intentado impedirlo a través de la prohibición, el uso de las drogas no da señales de mermar.

            Y aquí cabe preguntarse, entonces qué hacer con la adicción? Esto en parte está cubierto por este primer argumento, pues el daño que causa es primordialmente asociado con el que las usa, al igual que el tabaco y el alcohol. Pero la adicción también puede infligir miseria a las familias y especialmente a los niños de cualquier adicto, y esto envuelve más amplios costos sociales. Por eso es que desalentar y tratar la adicción debe ser la prioridad de la política de las drogas. De ahí el segundo argumento: la legalización ofrece la oportunidad de tratar la adicción adecuadamente.

            Al proveer información honesta acerca de los riesgos contra la salud de las diferentes drogas, y poniéndoles un precio acorde, los gobiernos podrían guiar a los consumidores al uso de las drogas menos peligrosas. Porque la prohibición ha sido la causa de la proliferación de las peligrosísimas drogas de diseño, forjadas en laboratorios clandestinos. La legalización podría alentar a las compañías de drogas legítimas a tratar de mejorar aquello que la gente consume. Los recursos obtenidos de los impuestos y de lo ahorrado en la represión le permitiría a los gobiernos garantizar el tratamiento de los adictos, construyendo centros de tratamiento de adicción que sean económicamente accesibles a cualquier consumidor de drogas. Esto sería una forma de hacer la legalización más políticamente digerible. El éxito de los países desarrollados en la lucha contra el uso del tabaco y el alcohol, los cuales están sujetos a impuestos y regulaciones, provee bases para la esperanza. No obstante, en países como Costa Rica, en vez de hablar de construir centros para tratar la adicción, ahora se habla irónicamente de construir una prisión para encarcelar exclusivamente a los sentenciados por delitos contra la salud.  Con esto queda claro que, como los ministros que se reunieron en Viena en el año 2000, y que señalamos al inicio de esta ponencia, se sigue insistiendo en “más de lo mismo”.

 

Una oportunidad a la legalización, o un siglo más de fracaso

 

Desde hace mucho tiempo se debiera haber dado una oportunidad seria a la legalización. Revisando la evidencia una vez más, la prohibición parece ahora aun más nociva que nunca, especialmente para los países pobres y débiles del mundo. La legalización no eliminaría a los capos de la droga ni a la corrupción completamente; así como con el alcohol y los cigarros, habrá impuestos que se evadirán y reglas que se violarán. Ni tampoco automáticamente remediaría los problemas de estados fallidos como Afganistán, y de algunos que están muy cerca de serlo, como México, pero –y tomando al país azteca como ejemplo- sí es cierto que si le vaciamos el agua a la piscina que mencionamos líneas arriba, de muy poco va a servir un trampolín.

La propuesta de legalización de las drogas es una muy complicada, pero un siglo de manifiesto fracaso de la prohibición es un buen argumento para intentarla.  

 

 

 

Nota del autor:

 

Este artículo es una recopilación de reportes publicados en las siguientes publicaciones:

 

The Economist

The Financial Times

Time Magazine

Revista Proceso de México

Periódico La Nación de Costa Rica
   
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Echo 3 Items
 
Admin
 
 
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Rafa
El tema de la legalizacion de las drogas es un tema de nunca acabar, en mi opinion personal, no creo que ayude mucho en la sitacion actual.
 
5 days ago, 12:03:40 PM
 
 
 
 
 
Juan Solorzano
No me parece la idea de legalizar las drogas. Es absurdo.
 
Tuesday, August 31, 2010, 10:13:58 PM
 
 
 
 
 
Carlos Angulo
Muy buen articulo, lo felicito
 
Tuesday, August 31, 2010, 9:20:30 PM